Peones de ajedrez. Otra partida. La misma historia

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A mediados del siglo XIX, la frontera sur de la provincia de Buenos Aires intentaba acomodarse a las convulsiones de un país que, como una frazada corta, no alcanzaba a cubrir sus extremidades. El gobierno porteño no quitaba su mirada de la Confederación. Entre el Azul y Tandil, fortineros, criollos, indios y los primeros inmigrantes, improvisaban estrategias para sobrevivir en un espacio donde escaseaba todo menos coraje.
En la primavera de 1855, mientras el grueso de sus pobladores marchaba hacia el norte buscando seguridad, Tandil es sitiado por la gente de Yanketruz. Un centenar de vecinos, desde el Fuerte Independencia y algunos comercios convertidos en atalayas, quedaría envuelto en las páginas acaso más angustiantes de la historia de la aldea.

La frontera con el indígena cambiaba sus dimensiones, como los corazones de sus habitantes, en cada latido. El clima azotaba sin respetar estaciones ni horarios, mientras que la política y la economía habían pasado a un segundo plano, detrás de un futuro tan lejano como el amanecer del día siguiente. Sin embargo, en ese escenario plagado de soledades y desencuentros, nada podía impedir que la esperanza y el amor se hiciesen un lugar, en algunos casos, como el último intento antes de perderlo todo.

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